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Sudán del Sur. ¿Hay algo que celebrar?

Sudán del Sur, el país más joven del mundo, cumple 15 años.

La imagen de arriba es de 2025. Una mujer participa en las celebraciones del decimocuarto aniversario de la independencia de Sudán del Sur. Poco ha cambiado desde entonces. 12 meses después, el país sigue afrontando numerosos retos institucionales, económicos, sociales y ambientales, de los que son directa o indirectamente responsables Salva Kiir y Riek Machar, los dos políticos más relevantes de la historia de esta joven nación.

Las fronteras de África fueron impuestas desde el exterior por las potencias europeas en la breve Conferencia de Berlín (1884-1885). Aunque este diseño colonial se respetó tras las independencias de la década de 1960, el noreste africano sufrió la independencia de Eritrea en 1993 y hace 15 años una nueva alteración drástica.

El 9 de julio de 2011 se celebró el referéndum del cual surgió Sudán del Sur. Con él, se daba cumplimiento a los acuerdos de paz que pusieron fin, en enero de 2005, a la larga segunda guerra civil sudanesa, que había comenzado en 1983. La nación más joven del planeta nació tras una consulta en la que el sí se impuso por mayoría. Con su secesión, Sudán perdió el rango de país más grande de África frente a Argelia. No obstante, el impacto más grave fue económico: los yacimientos petroleros más ricos quedaron en el nuevo territorio. Lo que debió ser un nacimiento jubiloso se convirtió rápidamente en una experiencia traumática que no se termina.

Es un error simplista reducir el conflicto histórico a una guerra religiosa entre el norte musulmán opuesto a un sur cristiano y de credos tradicionales. En realidad, la élite árabe e islámica de Jartum marginó de manera sistemática a las periferias, especialmente bajo la dictadura de Omar Hassan al ­Bashir (1989-2019). Un trágico ejemplo de esta exclusión fue el genocidio de Darfur, a partir de 2003, ­invisibilizado como primer genocidio del siglo XXI, que dejó más de 400 000 muertes –en su gran mayoría de grupos no árabes– y una crisis de refugiados que se desplazó hacia el sur, entre otros aspectos.

Un ciudadano pasa delante de un cartel que recuerda la figura de John Garang en Yuba, la capital sursudanesa. Fotografía: Jonathan Alpeyrie / Getty

Guerra civil cronificada

Sudán del Sur comparte con su vecino del norte un alto grado de conflictividad: desde su creación, nunca ha vivido en paz ni ha celebrado elecciones. Sudán ha pasado el 60 % de su historia independiente –obtenida en 1956– en guerra fratricida, la última iniciada en abril de 2023. Siguiendo sus pasos, la nación meridional ya ha empleado al menos un tercio de su corta vida en una conflagración civil. Si bien el desenlace de la segunda guerra civil sudanesa permitió esperanzar a la población sureña y se le reconoció un estatus de semiautonomía, el optimismo creció tras el rotundo «sí» a la independencia propuesta en referéndum. Sin embargo, ese optimismo se disipó en diciembre de 2013 al estallar la primera guerra civil sursudanesa. En realidad, el germen del conflicto estaba ya incubado desde 1956, año de la independencia sudanesa, bajo la injusta definición colonial de las fronteras. Desde aquel momento, la mayoría de la población del futuro territorio de Sudán del Sur ansiaría la autonomía, con amagues, avances y retrocesos según el Gobierno de turno en Jartum.

En 2011, el nuevo Ejecutivo sursudanés nacería de una frágil convivencia de líderes unidos solo por su combativo pasado contra Jartum en el Movimiento de Liberación del Pueblo Sudanés (SPLM), fundado en 1983. Tras la muerte en 2005 del líder histórico, ­John Garang, en un accidente de helicóptero, Salva Kiir asumió el liderazgo de la región semiautónoma. En abril de 2010 obtuvo una contundente victoria que lo posicionó como presidente de la región de Sudán del Sur y, al año siguiente, se convirtió en mandatario de la nación emergente.

Soldados de la Cuarta División del SPLA descansan en un acuartelamiento de Bentiu. Fotografía: Linsey Addario / Getty

Con la muerte de Garang se disiparon las posibilidades de unidad con Jartum, puesto que su sucesor era favorable a la secesión. Una vez en el poder, las denuncias de corrupción contra Kiir y de hegemonía de la comunidad dinka –a la que ­pertenece– avivaron las tensiones. La ruptura definitiva tuvo lugar en julio de 2013, cuando Kiir destituyó a su vicepresidente, Riek Machar –de la comunidad nuer–, y a otros miembros del gabinete. Tras ser acusado de un intento de golpe de Estado en diciembre, ­Machar fundó el brazo opositor del Ejército (SPLA/IO) y toda posibilidad de reconciliación entre ambos se disipó. En resumen, detrás de la pantalla étnica y de una rivalidad personal, el trasfondo real de la disputa entre ambas élites es el control de los recursos económicos del Estado y los réditos del petróleo, así como el incentivo al miedo ­étnico como herramienta para paralizar al adversario.

Un equilibrio precario

Los esfuerzos de mediación internacional han tenido un éxito muy relativo para recomponer el Gobierno de unidad nacional. Un primer acercamiento se logró en 2015, pero a los pocos meses nuevos choques lo hicieron colapsar y Machar fue removido de nuevo de la vicepresidencia. Un acuerdo de paz en 2018 detuvo de manera temporal la fase más aguda del conflicto, que ya acumulaba 400 000 víctimas y el ­desplazamiento de la mitad de la población. Aunque Machar fue restituido en la vicepresidencia una vez más, en 2020, el acuerdo dejó varios cabos sueltos. La tregua fue precaria y estuvo plagada de violaciones del alto el fuego y no hubo consenso en torno a la aprobación de una Constitución definitiva que permitiera celebrar unas elecciones que, de momento, se han pospuesto en dos ocasiones.

La paz de 2018 tampoco pudo solucionar la crisis humanitaria y los problemas socioeconómicos estructurales que acosan al país. Sudán del Sur continúa siendo una de las naciones más empobrecidas del mundo. Según el Banco Mundial, con datos de 2022, el 80 % de su población vive en la pobreza. A pesar de la intervención extranjera, de la Unión Africana, el bloque regional (IGAD) y la misión de la ONU (UNMISS), el país sufre una crisis humanitaria crónica. En 2019, siete millones de habitantes, alrededor del 70 % de su población, tenían dificultades para obtener alimentos. La situación se agravó por la violencia crónica que padecía el país. Los conflictos se incrementaron de nuevo a finales de 2025  tras la tercera destitución de Machar, acusado de traición y terrorismo, en lo que fue considerado casi como una reanudación formal de la guerra civil.

Varias mujeres descansan en el campamento para desplazados internos de Tiamushro, en el estado de Kordofán del Sur, el 18 de junio de 2024. Fotografía: Guy Peterson / Getty

Otras variables

A la inestabilidad política se suman factores climáticos y sanitarios. El calentamiento global exacerba los choques entre pastores nómadas y agricultores por los recursos básicos, una variable también tenida en cuenta en Sudán como, en general, en el resto del Sahel. En Sudán del Sur se alternaron ciclos de sequías con inundaciones, además de sufrir una plaga de langostas que se extendió, a comienzos de 2020, desde el Cuerno de África provocando más hambre.

Todos estos problemas, sumados a una violencia cíclica y al reinicio reciente de la guerra civil no oficializada, sumen a Sudán del Sur en una crisis sanitaria agravada por la destrucción de infraestructuras sanitarias vitales y ante el carácter endémico del cólera. A finales de 2024 se declaró un brote que provocó más de 100 000 casos y causó la muerte al menos a 1 600 personas. Un brote anterior, registrado entre 2016 y 2017, enmarcado también en el conflicto sursudanés, provocó 436 decesos, según cifras oficiales.

Un joven dinka cuida de una vaca en Mingkaman. Fotografía: Stefanie Glinski / Getty

Mientras, las relaciones con Jartum siguen siendo tensas debido a disputas fronterizas no resueltas, como el control de la rica zona petrolera de Abyei a partir del yacimiento de Heglig. Además, la guerra civil que devasta a Sudán desde 2023 impacta al sur en dos frentes. En primer lugar, en la economía. Al no tener salida al mar, Sudán del Sur depende de los oleoductos del norte para exportar su crudo, pero la guerra ha destruido infraestructura vital, asfixiando su principal fuente de ingresos. En segundo término, en el migratorio: más de un millón de personas han cruzado la frontera hacia Sudán del Sur huyendo del conflicto del norte, colapsando la ya precaria ayuda humanitaria. A mediados de 2025, el 95 % de las más de 500 000 personas refugiadas en Sudán del Sur eran de Sudán, según ACNUR.

Abyei es una zona de tratamiento administrativo especial, según los términos acordados al final de la segunda guerra civil sudanesa. De modo incorrecto, la comunidad internacional pensó que la firma de la paz también resolvería dicha contienda, aunque en 2011 la población ni siquiera participó en el referéndum para decidir si se unían a Sudán o a Sudán del Sur, por lo que ese conflicto ha quedado abierto hasta el presente.

La continuidad del conflicto sudanés, la peor crisis humanitaria del planeta, podría irradiarse al sur y complicar un statu quo ya muy inestable con la potencial propagación de armas y fuerzas del norte.

 

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